Estoy en proceso de comprar un auto y, como suele pasar, partí evaluando lo evidente: precio, consumo, marca. Pero a medida que avanzaba, me di cuenta de algo que terminó cambiando completamente la forma en que estaba mirando la decisión.
El problema no es el auto.
Es cuánto cuesta mantenerlo en el tiempo.
Hoy, con la bencina entre $1.400 y $1.500 por litro en Chile, con un uso estándar de alrededor de 1.200 km al mes, se traduce en un gasto cercano a los $130.000 o $140.000 mensuales solo en combustible.
A ese monto hay que sumarle el permiso de circulación, el uso de autopistas a través del TAG y las mantenciones periódicas, como cambios de aceite y filtros. Es decir, no solo estamos frente a un gasto alto, sino también constante e incierto.
Y lo más relevante: completamente expuesto a futuras alzas
Ahí fue donde empecé a mirar la alternativa eléctrica con más atención.
Un auto eléctrico, en condiciones similares de uso, tiene un consumo promedio de 15 kWh cada 100 kilómetros. Con una tarifa eléctrica cercana a los $150 por kWh en Chile, recorrer 100 km cuesta alrededor de $2.250. Llevado a un uso mensual de 1.200 km, el gasto se aproxima a los $27.000.
Pero más allá de esa diferencia, lo que realmente cambia es la estructura del mantenimiento: menos piezas, menos desgaste y menos intervenciones. En la práctica, no solo estás reduciendo el costo de la energía, sino también simplificando todo lo que implica mantener el auto en el tiempo.
Sin embargo, el verdadero punto de inflexión aparece cuando se incorpora una tercera variable: los paneles solares.
Hoy, un sistema residencial en Chile puede generar entre 300 y 500 kWh mensuales. Si consideramos que un auto eléctrico requiere aproximadamente 180 kWh al mes para recorrer esos mismos 1.200 km, la conclusión es bastante clara: es perfectamente posible cubrir gran parte —o incluso la totalidad— del consumo del vehículo con energía solar.
En la práctica, eso significa que cargar un auto eléctrico puede tener un costo cercano a cero.
Y ahí cambia todo.
Porque no se trata solo de pagar menos, sino de cambiar la lógica del gasto. Dejas de depender de un precio externo —como el de la bencina— y empiezas a moverte con una fuente propia, estable y disponible: el sol.
En términos económicos, el impacto es evidente. Un gasto anual de más de $1.500.000 en bencina puede reducirse a cifras cercanas a $0–$300.000 al año en un escenario eléctrico con apoyo solar.
Fue en ese punto donde me hice una pregunta distinta.
Si puedo generar mi propia energía, ¿qué tan lejos estamos de tener un auto “gratis”?
Porque sí, el auto tiene un costo inicial. Pero su uso, que es donde realmente se concentra el gasto en el tiempo, puede reducirse de forma radical.
Y eso cambia completamente la decisión.
Hoy ya no se trata solo de elegir entre bencina o eléctrico.
Se trata de decidir si quieres seguir dependiendo de un costo que sube constantemente, o avanzar hacia un modelo donde el ahorro y la autonomía pasan a ser parte de la ecuación.
Porque en un contexto de alza sostenida en los combustibles, la discusión dejó de ser solo ambiental.
Se volvió, sobre todo, financiera.
Escrito por
Aura Nikola
27 de Marzo, 2026